En la Bahía de Panamá

Por M.G. Hernández

Hoy mi despertar es frío, pero no con el frío que te aísla de la vida, por el contrario, un frío que entra por la puerta de cristal abierta y me invita a salir a contemplar el mar que desde mi lecho escucho en el vaivén de sus olas que presiento embravecidas.

Me levanté con ligereza, con ganas de cantar al viento, con ganas de elevar mis ojos al espacio gris y deleitarme con lo que pasa afuera; con la rica temperatura que traía a mi piel regocijo y ganas de volar y cubrirme con ella toda, para no sentir los rigores tropicales tan incandescentes.

Quizás en otras latitudes, este clima podría ser el de un día normal. Acostumbrada la gente a las continuas y lóbregas brumas que cubren las calles, se habitúan a andar con paso apurado y arropados sus cuerpos de pies a cabeza. Siempre sosteniendo en su mano la indispensable sombrilla que tiende llevarse el viento.

Me voy a la cocina desde donde diviso el panorama y trato de apurarme preparando mi té y pan tostado como primer alimento del día.  Me dirijo con mi frugal desayuno a la terraza, donde brilla el suelo mojado por el rocío que arrastra vigorosamente el viento.

Me apresuro a tomar un sorbo de la humeante bebida para calentar mi cuerpo y la encuentro deliciosa, no sé si aporta al sabor…  mi euforia contagiada por la naturaleza.

Veo allende la costa, más allá del Corredor Sur, una fila de siluetas fantasmagóricas. Parecieran galeones que emergen de las profundidades ondeando banderas negras, penando sus culpas sangrientas, cuando otrora sus tripulantes, perversos e inclementes piratas, buscaban el oro y el placer del nuevo mundo.

Vuelvo de mis elucubraciones; tomo mis binoculares y percibo entre la condensación que enturbia la vista entre el lente y la distancia, que ciertamente son embarcaciones, pero no fantasmas, son gigantescos transportes que en hilera esperan su turno para entrar al Canal de Panamá, obra maravillosa de ingeniería.   En ese justo momento, noto que no hay horizonte, solo una bruma extendida a lo largo de la superficie que descompone la luz, de forma indefinida.

Escudriño el paisaje y descubro en los tupidos manglares que cubren una buena porción de la playa; agazapadas en su letargo, aves marinas en su mayoría Buchones, lucen displicentes bajo la precipitación que resbala por sus encerados plumajes.

Sin embargo, otros ondean indiferentes sobre la marejada, su balanceo llama mi atención pues no mueven una pluma; solo danzan al compás de la situación. Parecieran dormitar, no les importa supongo, el cielo encapotado, solo esperan campantes que el sol salga y caliente sus blancas cabezotas. Los patitos abren sus alas tratando de secarlas al aire, luciendo como cristos erguidos sobre cúmulos de barro en medio del temporal. Otros, en su larga espera por la luz del día reposan sus adheridas anatomías en solitarias columnas de cemento que seguramente alguna vez, sostuvieron unas tablas por muelle, donde puedo imaginar muchachos traviesos fugados de casa, usando cualquier cuerda como aparejo para sacar sardinitas de la Bahía.

Salgo al segundo de mis fantasías para tomar un bocado de mi tostada que tiende a perder su crocantez por el vasto relente de la mañana, y mientras disfruto gustosa el contraste de la dulce jalea y la mantequilla, oigo una sirena. Tomo mis binoculares y observo una ambulancia a toda marcha atravesando el puente y pido a Dios que su carga llegue a salvo, donde quiera que vaya.

El astro rey amenaza con salir y aunque él con tanto fervor nos brinda su energía para poner nuestro cuerpo en movimiento, en estos momentos no es bienvenido a mi banquete. Los pájaros empiezan a revolotear interrumpiendo su largo sueño y comienzan su labor de buscar sustento.

Pero en un segundo todo cambia, oigo un estruendo estelar y veo luego un rayo caer en la distancia cortando en trizas el firmamento que ha recomenzado a encortinarse. El oleaje vuelve a encresparse, negándole al océano retraerse de la costa. Noto a mi izquierda con extrañeza, que se ha formado un borboteo. Y realizo que un río caudaloso y resonante que llega de la zona urbana con su carga dulce, se encabrita al irrumpir en el salobre Pacífico formando una corona de espumas cimbreantes.

Diviso entonces un osado pescador que, habiendo salido a conquistar presas, debe recular en su camino; pero no tiene prisa y disfruta transitando la encharcada orilla. Nada pareciera tener que llegar pronto a ninguna parte, todo anda como el mismo tiempo, sin brújula y con el placer del agua fresca y el sol dormido.

Las palomas en las ventanas se niegan a asomarse al vacío, las contemplo tan acurrucadas que no distingo sus cabezas. Las avecillas vuelan alocadas entre los arbustos de los manglares, y otros desperdigados abandonan los cielos para posarse en las ramas buscando cobijo del frio invierno. La neblina se hace más espesa y avanza hacia mí con ganas de tragarse el paisaje, ya casi no distingo el corredor, mucho menos lo que fue una especie de horizonte en la lejanía. La lluvia arrecia y me obliga a meter la silla, pero tenaz, sigo disfrutando tan prominente mañana. Me pongo de pie volviendo a salir para aspirar fuertemente y traer con mi aliento la pureza del aire a mis pulmones. Y le doy gracias a Dios por el privilegio de tener cinco sentidos.

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